MANUEL PÉREZ TENDERO

El domingo pasado, la lectura del evangelio nos invitaba a reflexionar sobre el misterio de Jesús como puerta del redil. En el mismo discurso, Jesús aparece también como pastor de las ovejas. Siete son las expresiones, en el evangelio según san Juan, en que Jesús se define con alguna imagen o metáfora: «Yo soy el pan de vida, yo soy la luz del mundo, yo soy la puerta y el pastor de las ovejas, yo soy la resurrección y la vida, yo soy el camino, la verdad y la vida, yo soy la vid verdadera».
El evangelio de este domingo nos invita a profundizar en la penúltima de estas definiciones: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». En el contexto del discurso de despedida, en la Última Cena, la definición de Jesús como camino hacia el Padre va unida, al menos, a otras dos peticiones a sus discípulos: creed en Dios y en mí, confiad; y, por otro lado, les invita a contemplar el misterio de Dios en el rostro humano de Jesús: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre».
Jesús se marcha: va a morir, vuelve al Padre. ¿Deja solos a los discípulos? No, les promete que volverá a por ellos: ahora, se está adelantando para prepararles sitio en la casa de su Padre. Los discípulos deben interpretar la ausencia de Jesús con esperanza, confiando en su promesa, creyendo en su palabra.
La condena a muerte en Jerusalén no es el final del Maestro, como tampoco el final de nuestra historia o de nuestras propias vidas será la muerte. Confiamos en la promesa de Jesús, nos fiamos de su palabra, sabemos que tienen meta nuestros esfuerzos. No hemos nacido para morir, sino para estar siempre con el Creador, para vivir al lado de nuestro Señor Jesús.
Después de hablar de la meta, Jesús nos revela el camino. Tomás, al que luego llamaremos incrédulo, es el discípulo que da voz a todos para pedir a Jesús que nos muestre el camino hacia esa meta que nos promete. Las promesas son hermosas, pero, ¿cómo alcanzarlas? Jesús lo acaba de decir: cuando prepare el sitio, volverá para llevarnos con él. Él, resucitado, no se ha quedado en la casa del Padre para esperarnos en la lejanía: está presente entre nosotros, como Maestro y como Pastor, como compañero de camino y como Camino mismo por el que podemos acceder a Dios.
La metáfora de la semana pasada y la de este domingo se parecen mucho: Jesús es puerta y es camino, es decir, es el único acceso que tenemos a Dios. «Nadie va al Padre sino por mí». Gracias a la encarnación y a la resurrección, el Hijo de Dios ya no es solo la meta de nuestras vidas, sino el camino a recorrer para alcanzar nuestra meta definitiva. No tenemos que merecerlo, no tenemos que buscar largos caminos o atajos intrincados: él ha venido a nosotros, debemos vincularnos a él para acceder al Padre.
La meta, el camino y, al final, la persona. Creemos en Jesús, caminamos por él y, también, contemplamos su rostro, conocemos a Dios en su mirada.
Los profetas del Antiguo Testamento se quejaban de que el pueblo de la alianza no conocía a su Dios. Por eso, decían que Dios prefiere misericordia y conocimiento más que sacrificios. El profeta Jeremías, soñando una nueva alianza, dice que se caracterizará por que todos, desde el más pequeño hasta el mayor, conocerán a Dios.
De esto les habla Jesús a los discípulos, ahora por medio de Felipe: para vivir en el conocimiento de Dios, para vivir en la nueva alianza, debéis mirarme a mí, debéis conocerme a mí, tenéis que estar a mi lado, escuchar mi palabra y compartir mi camino. En el fondo, Jesús está desarrollando lo que acaba de decirles anteriormente: creer en Dios implica creer en Jesús, acceder a Dios solo es posible si se camina por Jesús, conocer a Dios es imposible si no se conoce a Jesús. La clave de todo está en su persona, en su palabra y en su vida, en la relación amistosa que él ha venido a establecer con nosotros.
Creer, caminar y conocer son una misma cosa: estar con Jesús, dejarnos amar por él y responder a su llamada con nuestro propio amor.
«Tanto tiempo llevo con vosotros, ¿y aún o me conoces, Felipe?». ¿Podría decir Jesús lo mismo de nosotros? ¿Podríamos cambiar el nombre de Felipe por el mío propio?
Como también san Pablo experimentó, nuestra vida tiene como contenido esencial la búsqueda del conocimiento amistoso de la persona de Jesús.
Felicitamos, desde aquí, a todas las madres: el Señor bendice su entrega callada que sostiene el mundo…