VIDA CONTEMPLATIVA Y TRINIDAD

MANUEL PÉREZ TENDERO

Gracias a la misión de Jesús de Nazaret, que ha dado testimonio del amor del Padre, hemos podido conocer cómo es Dios por dentro: comunión de personas, relación en la unidad, vida plena en el amor.

En este domingo de la Santísima Trinidad, tal vez sea este el mensaje principal que hemos de recordar y hemos de intentar vivir: Dios es comunión en la diferencia, Dios es amor. Desde ahí, aprendemos a comprender toda la realidad humana, no solo el cristianismo, como un reflejo de la verdad de Dios. El mundo ha sido creado con su Palabra, el hombre ha sido creado a imagen y semejanza suya: por tanto, todo es reflejo del ser de Dios, nos parecemos a aquel que nos ha creado y que sigue sosteniéndonos con su amor.

¿Cuál es la clave de la construcción de una familia o de un matrimonio? La comunión en la diferencia. Si subrayamos solamente la comunión, la unidad, podemos impedir que cada persona sea ella misma, no dejando que realice todas sus potencialidades. Si subrayamos de forma unilateral la diferencia, jamás construiremos el amor: caminaremos de forma irrevocable hacia la soledad y nuestros mismos dones no encontrarán el lugar adecuado donde desarrollarse, que solo puede ser el amor.

También esta es la clave de cualquier sociedad, desde un pueblo pequeño hasta la comunidad política de un país entero. Tal vez, una de las herejías principales de la sociedad sea la de excluir a las personas que no piensan como nosotros. Existen muchos tipos de exclusión y no es infrecuente que algunos que critican ciertas exclusiones practiquen, de forma incoherente, otras. Todos conocemos a personas y colectivos que se vanaglorian de ser muy incluyentes, pero que no admiten a otros que no piensan como ellos.

La Iglesia, muy especialmente, está llamada a ser imagen de la Trinidad en nuestro mundo. Por ello, la santidad tiene mucho que ver con esta comunión en la diferencia. Desde los principios del cristianismo, las herejías han minado, no solamente la verdad de la fe, sino la comunión de la Iglesia. De hecho, la palabra misma –herejía– significa esto mismo en griego: secta, división.

Si los cristianos tenemos como misión ser signo e instrumento de la unidad con Dios y de la unión de todo el género humano, ¿cómo podremos hacerlo si no practicamos esa unidad en el interior de la comunidad?

Esta comunión, como hemos dicho, es reflejo del ser de Dios, sacramento de su vida en relación. Por ello, para construir toda comunión en la tierra, es fundamental que no perdamos el vínculo con la comunión originaria, con Aquel que es la fuente de toda verdadera comunión en la diferencia.

Desde aquí estamos llamados a comprender de una manera profunda la importancia de la vida contemplativa en nuestra Iglesia y en nuestro mundo. Los monjes y las monjas rezan por todos nosotros, por toda la humanidad: esta misión es fundamental en su vocación, pero hay más dimensiones.

Ellos son signo, también, de que solo Dios basta, de que merece la pena dejarlo todo por el Señor. Esta dimensión de la vocación contemplativa tiene una actualidad como nunca antes en la historia de la Iglesia: inmersos en la vorágine del consumir y del activismo, no tenemos tiempo para Dios, para la familia, para el descanso, para lo esencial. Los conventos de clausura deben ser oasis que nos interrogan para atrevernos a discernir el tipo de vida que llevamos.

Por otra parte, como nos recuerda el lema de este año, la vida contemplativa tiene como misión fundamental la de vincularnos a Dios: con su forma de vida, están llamados a ser testigos de Aquel que es la fuente de nuestra comunión en la diferencia.

Vida contemplativa: «¿Por quién eres?»; este lema pone el acento en lo esencial: por quién. Celebrar la Trinidad es renovar nuestra condición de personas y nuestra vocación al amor.

Contemplamos a los contemplativos y agradecemos su vocación: que el Señor no deje de regalarnos hermanos y hermanas nuestros que se consagren del todo a él.

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