MANUEL PÉREZ TENDERO

El tiempo de Adviento se acerca y, por ello, estamos terminando el año litúrgico. A lo largo de estos últimos meses hemos estado leyendo el evangelio según san Mateo en las lecturas dominicales. En estos últimos domingos, la liturgia nos presenta el discurso escatológico de Jesús, el último de los cinco discursos, que se sitúa al final del ministerio, antes del relato de la Pasión.
En concreto, estos tres últimos domingos, leeremos las tres últimas parábolas de Jesús que cierran sus discursos con clara referencia al juicio final y la llegada de Jesús: la parábola de las vírgenes, la de los talentos y la del juicio del Hijo del hombre como un pastor que separa las ovejas de las cabras. Todas ellas insisten en la importancia de estar vigilantes para preparar la llegada del Esposo, que es también Señor y Juez de la historia.
La parábola de las diez vírgenes que esperan al esposo nos habla, no de diez novias que esperan cada una a su propio prometido, sino de las damas de honor que acompañan el cortejo de la novia hacia la casa del novio para la celebración de la boda. En la interpretación tradicional de la Iglesia, el esposo es Jesús, la esposa, la Iglesia y, las diez vírgenes, somos nosotros, semejantes a compañeras de la esposa que se alegran con ella en el encuentro nupcial con el amado.
Algunos elementos de la parábola nos parecen un poco extraños: que el esposo llegue de noche, que las vírgenes sensatas no quieran compartir su aceite con las demás, que se pueda ir a comprar de noche el aceite y, sobre todo, la actitud final del novio que cierra la puerta y dice no conocer a las que llegan tarde. En una boda de aquella época es impensable que la puerta de una boda se cierre para no dejar entrar a nadie.
La parábola no parece muy lógica como historia aislada, comprendida en sí misma. Solo podemos entenderla si, ya en la misma parábola, vamos pensando sus referencias reales: la noche es símbolo de la llegada inesperada del Hijo del hombre, así como la invocación de este como «Señor, Señor». La puerta cerrada no se comprende en una boda, pero sí en el juicio final de la historia en la que ya no habrá segundas oportunidades. La negativa de ayuda no es tanto una falta de solidaridad de las vírgenes sensatas, sino un subrayado de la libertad y la responsabilidad de cada uno en la preparación de la llegada del Mesías.
La parábola de las vírgenes, que se sitúa al final del último discurso de Jesús, se asemeja al final del primer discurso, en los capítulos cinco al siete de san Mateo. Allí también cuenta Jesús una parábola de dos tipos de personas, sensatas y necias; allí también se le invoca como «Señor, Señor», pero cuando es demasiado tarde. En aquella parábola, que habla de construir la casa sobre roca o sobre arena, la sensatez consiste en llevar a la práctica el discurso de Jesús; la necedad, en cambio, consiste en ser discípulos solo de palabra, aquellos que no cumplen lo que escuchan: la enseñanza del Maestro no configura sus vidas.
En la parábola de las diez vírgenes, en cambio, la sensatez consiste en preparar con tiempo la llegada del esposo; le necedad, a su vez, significa la desidia y la pereza, una vida descuidada que deja todo para última hora.
Las lámparas o antorchas que las diez doncellas llevan necesitan, además, el combustible del aceite para poder lucir. También en el discurso del Monte, Jesús había dicho a sus discípulos que debían ser luz del mundo a través de sus buenas obras. Ahora, al final, en la noche de este mundo, las doncellas son los discípulos que deben portar luz para recibir a su Señor.
En la interpretación eclesial, las lámparas se han identificado con la fe, con las prácticas religiosas, con la elección de Dios para que seamos pueblo suyo; pero, por sí solas, las lámparas no dan luz, no alumbran: son necesarias, pero no suficientes. Es necesario el aceite de las buenas obras para que la doncella pueda iluminar en la noche y acompañar al esposo, para no quedar fuera del banquete de bodas.
La fe y las obras: una espiritualidad completa, equilibrada, hace del creyente un fiel discípulo que está preparado para recibir a su Señor. Es posible que, en medio de la noche, todas se duerman, pero la sensatez consiste en haber preparado, antes, el aceite necesario.