EL CÉSAR Y DIOS

MANUEL PÉREZ TENDERO

«Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Esta frase es conocida por todo el mundo y, a menudo, la aplicamos en nuestra vida cotidiana. En general, todos creemos que comprendemos su significado y nos sirve, habitualmente, para distinguir claramente los ámbitos de la vida y nuestro compromiso ante ellos.

Esta frase ha servido para distinguir el ámbito de la vida pública, social, política, del ámbito de la religión. Con palabras del Concilio Vaticano II podríamos hablar de la «autonomía de lo temporal» y, de forma correspondiente, de la «libertad religiosa». En la tradición católica esta separación nunca se ha entendido de forma simétrica: siempre se ha subrayado que todo está bajo el poder del Dios creador, también el ámbito de las relaciones sociales. El Dios de Jesucristo, el Dios de la fe, es también el Dios creador de todos los hombres, de todos los seres vivientes, de todo el universo.

En el ámbito protestante, en cambio, se ha subrayado, a menudo, la primacía de lo temporal como signo, eso sí, del sometimiento a Dios: obedecer al rey es un signo de buena religiosidad, así como la prosperidad económica. Algo parecido podríamos decir también de los cristianos de tradición oriental.

¿Qué sentido le quería dar Jesús a esta frase? Los Santos Padres proponen una consideración que nos puede ayudar a comprender mejor el texto. Las monedas llevan una imagen, una inscripción, la del emperador; en cambio, el ser humano, según el texto del Génesis, es imagen del Creador; por tanto, la moneda le pertenece al César, el hombre, en cambio, le pertenece a Dios.

Según esta consideración, no se trata de dividir en dos las dimensiones del hombre: lo espiritual, para Dios y, lo material, para el César; se trata, más bien, de ver la superioridad del hombre completo sobre la economía: el hombre en su totalidad, espiritual y carnal, le pertenece a Dios.

En tiempos de Jesús y, seguramente, en todas las épocas, las monedas no son del César solo porque las mande imprimir él y lleven su imagen: la economía, en general, es una forma de ejercer el poder por parte del emperador. A través de la moneda, del dinero, los poderosos ejercen una propaganda inmensa y pretenden regular las relaciones humanas.

La economía es una dimensión esencial de la vida, claro está, pero no está exenta del peligro de abuso de poder por parte de los que la manejan. Quizá por eso dijo Jesús aquella frase tajante que sigue vigente y nos ayuda a comprender muchas cosas de la sociedad moderna: «No podéis servir a Dios y al dinero». «La avaricia es una idolatría» dirá san Pablo en esta misma dirección. Quizá por eso, también, el Maestro de Galilea eligió nacer y vivir en la austeridad, lejos de los poderes de su tiempo, y pidió a sus discípulos, en consecuencia, vivir de alguna manera la pobreza que nos hace libres y nos acerca a Dios.

Volvamos al texto del evangelio. Los fariseos preguntan sobre economía, pero Jesús responde introduciendo a Dios en el diálogo: hagamos lo que sea conveniente en los temas económicos, pero centrémonos en lo esencial, que es nuestra pertenencia a Dios. El César, a través de la economía o de otros medios, no puede convertirse en el señor de nuestras vidas. Cuando elegimos servir al dinero nos hacemos esclavos del César; que la economía fluya, pero que no sea nuestro ídolo, nuestra preocupación primera.

También había dicho Jesús a los suyos que no andaran preocupados por el alimento y el vestido: el cuerpo y la vida son más importantes que lo que nos ponemos o la dieta que elegimos; estamos llamados a confiar en Dios. En cambio, cuando la dieta y el vestido se convierten en la preocupación principal de la vida, seguramente, el César ya ha conseguido lo que quería.

En el Reino de Dios, todo adquiere su lugar adecuado: hemos de realizar nuestros compromisos penúltimos y secundarios, pero no podemos olvidar nuestro compromiso último y nuestra pertenencia principal: Dios, señor de nuestras vidas.

Deja una respuesta