MANUEL PÉREZ TENDERO
Los matices de la interpretación de los textos bíblicos cambian con el tiempo. Esta observación se puede comprobar, muy claramente, en la forma que tenemos de comprender el doble mandamiento de Jesús: amar a Dios y amar al prójimo como primer y segundo mandamientos.
Desde los comienzos de la historia de la Iglesia, se ha subrayado la unidad entre ambos mandamientos: no se puede amar a Dios si no amamos al prójimo. Esta insistencia aparece ya en la primera carta de san Juan, y también san Agustín, con otros autores, la subraya con fuerza. De hecho, Jesús mismo, al responder con dos mandamientos a la pregunta que le hacían sobre el mandamiento principal, está indicando que no se pueden separar ambos preceptos.
La insistencia en esta unidad ha llevado, a menudo, a subrayar de forma unilateral el segundo mandamiento. De hecho, con la secularización del pensamiento, sobre todo a partir de la Ilustración, se produjo una paulatina reducción de la religión a la ética, es decir, una reducción de la relación con Dios a la relación con los demás. Queriendo o sin querer, de hecho, se cambió el orden de los mandamientos: primero, al prójimo; después, a Dios. Pero esto ha conducido a una desaparición de Dios en la perspectiva de la moral.
Si a Dios se le ama amando al prójimo, con amar al prójimo sería suficiente para llevar una vida religiosa. Nuestra sociedad, hija de la Ilustración, ha expulsado a Dios, no solamente de la esfera pública y social, sino del ámbito de la moral. El resultado de este proceso lo estamos viendo, de forma trágica a menudo, en nuestra sociedad: al quedarse sin fundamento, la moral misma desaparece y da paso a un mundo en el que la mayoría –o una minoría más ruidosa– impone su voluntad. Casi se ha convertido ya en una convención social el que todo me es lícito, siempre y cuando no incumpla la ley o, mejor, siempre y cuando la ley no me llegue a alcanzar.
¿Dónde quedan la honradez y la dignidad de la persona? ¿En qué lugares se escucha, ahora, la propia conciencia como principio fundamental del comportamiento humano?
Creo que debemos recuperar la jerarquía de los mandamientos: si Dios no es el único objeto absoluto de nuestro amor, convertiremos en absolutas otras realidades que no lo son, convirtiéndonos en idólatras seculares de falsos dioses: el dinero, la ideología, el bienestar.
Cuando Dios es lo primero, todo lo demás encuentra su lugar adecuado; porque solo Dios es Dios, porque él es creador y fundamento de todo, porque hemos sido creados para amarle y, mientras nuestro corazón no descanse en él, andará inquieto buscando sucedáneos de lo absoluto.
El amor a Dios sobre todas las cosas, con toda el alma, la mente y las fuerzas, no se puede separar del amor al prójimo, pero tampoco se puede reducir al él. La carta del apóstol san Pedro les dice a los cristianos de la segunda o tercera generación y, con ellos, a todos nosotros: «No habéis visto a Jesucristo y lo amáis, no lo veis y creéis en él».
Los profetas del Antiguo Testamento ya se esforzaron en transmitir al pueblo un mensaje claro en nombre de Dios: frente a los sacrificios y las tradiciones, Dios prefiere que lo conozcamos y lo amemos, quiere establecer una alianza con su pueblo, una relación personal.
La religión tiene el peligro de convertirse en un conjunto de ritos y tradiciones, o devociones personales, en los que no hay lugar para la amistad con Dios. La religión tiene también el peligro de convertirse en un misticismo individualista en el que la persona confunde a Dios con sus propios sentimientos y pensamientos.
Frente a esta doble tentación, las palabras de Jesús siguen gritando a nuestra conciencia y a nuestras relaciones comunitarias y sociales: esforzaos en cumplir los dos mandamientos principales que resumen toda la moral, el amor a Dios y el amor al prójimo.
Somos hijos de Dios y hermanos entre nosotros; somos un pueblo rescatado que se esfuerza, unido, por caminar hacia el Padre.