MÁS ALLÁ Y DESPUÉS

No todas las religiones creen en una vida más allá de la muerte. El problema del futuro individual de la persona ha sido resuelto de manera diferente dependiendo de cada tradición.

Dentro del judaísmo tradicional, incluso, existen grupos en los que no se cree en la resurrección. En tiempos de Jesús no todos estaban de acuerdo en el destino final del hombre más allá de la muerte. En concreto, es significativo el caso de los saduceos, la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, que vivía del servicio al templo y gobernaba la religiosidad oficial del pueblo de Israel.

Este grupo solo aceptaba como inspirada la Torah, los cinco primeros libros de la Biblia. Los Profetas y los demás escritos, así como las tradiciones orales, eran rechazadas por los saduceos, por considerar que no estaban inspiradas por Dios. Por eso, solamente aceptaban como verdad aquello que estuviera recogido en esos cinco primeros libros inspirados.

La fe en la resurrección solo aparece de forma explícita en otros libros posteriores; por tanto, sería algo extraño a la religión israelita, una creencia no original del pueblo.

A diferencia de los saduceos, los fariseos sí creían en la resurrección de los muertos y aceptaban, además, otros libros como parte de las Escrituras: los Profetas y los Escritos.

¿Qué pensaba Jesús de Nazaret? Él tuvo que confrontar su mensaje con los grupos judíos de su tiempo. Años más tarde, también san Pablo tuvo que confrontar su Evangelio con las creencias del mundo griego; una de las dificultades mayores fue aceptar la fe en la resurrección: lo tenemos expresado en su predicación en Atenas (Hch 17) y en su carta a los cristianos de Corinto (1Cor 15).

El mes de noviembre, en la tradición occidental, está marcado por una especial sensibilidad hacia la muerte y los difuntos. Es importante, por ello, saber qué pensaba Jesús en este tema. ¿Qué dice la fe cristiana de la vida más allá de la muerte?

En el diálogo con los saduceos, Jesús argumenta frente a las dificultades teóricas del razonamiento de los sacerdotes; por otro lado, se esfuerza por afirmar que la fe en la resurrección aparece ya sugerida en los libros de la Torah, los únicos que este grupo aceptaba.

También aparece la opinión de Jesús y de sus amigos en el diálogo con Marta de Betania, con motivo de la muerte de su hermano Lázaro.

Jesús, el Maestro de Galilea, afirma la fe en la resurrección de los muertos: este es un dato clave para la doctrina cristiana. Por otro lado, tenemos otro segundo dato fundamental, que san Pablo desarrolla en sus argumentos a los corintios: la fe cristiana nace del encuentro con Jesús resucitado, como él mismo pudo experimentar camino de Damasco.

La fe en la resurrección ya no es solo una doctrina de Jesús, compartida con otros grupos de su tiempo, sino una realidad: Jesús, crucificado en las afueras de Jerusalén un viernes, se ha aparecido vivo a sus discípulos el domingo posterior.

La resurrección de Jesús es la esencia de nuestra fe y el motivo de nuestra esperanza. Él ha resucitado como primicia, como el primer fruto de una gran cosecha que seguirá después; Jesús resucitado es la causa de nuestra propia resurrección.

Forma parte de la esencia de la fe cristiana, por tanto, la fe en el futuro del ser humano, más allá de la muerte, después de esta vida. Miguel de Unamuno supo verlo de forma profunda y dramática: a él le costaba aceptar esa fe, pero sabía que pertenecía a la esencia del Evangelio y era la gran noticia para el hombre. Lo expresa de forma sencilla y profunda en ese testamento espiritual que es su novela San Manuel Bueno, mártir.           

Quedan pendientes muchas preguntas: ¿Cuándo será esa resurrección de los cuerpos? ¿Cómo se llevará a cabo? ¿Cómo se relacionan la otra vida y esta vida? Desde el punto de vista bíblico, queda una pregunta llamativa: ¿por qué tardó tanto la fe de Israel en afirmar, de forma explícita, la fe en la resurrección de los muertos? En este tema, otras religiones se adelantaron a los judíos, como los antiguos egipcios. Debemos seguir reflexionando

Manuel Pérez Tendero

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