MANUEL PÉREZ TENDERO

Este primer domingo de noviembre coincide con el día de la conmemoración de todos los fieles difuntos. Ayer celebrábamos el día de todos los santos. Estas dos celebraciones, cada año, nos recuerdan que somos un pueblo peregrino, en camino hacia la casa del Padre, hacia la morada eterna de los cielos.
En la tierra peregrinamos todavía los que somos la «Iglesia militante», que lucha y se esfuerza para sembrar el Reino. En el purgatorio, como última etapa de su purificación para llegar a la meta, están nuestros difuntos. Por fin, los santos han llegado ya a la meta y gozan de la presencia de Dios.
Muchos quieren insistir en la relación entre estas fiestas cristianas y antiguos ritos de otras culturas. Lo hacen, a menudo, en contra de la Iglesia y muchos creyentes se quejan de ello. Pero podemos también interpretar esta moda en sentido positivo: Jesucristo es la culminación de los anhelos de toda la humanidad.
Dios nos ha creado a todos y está presente, desde Adán y Eva, en todas las historias y culturas de los hombres. El ser humano posee un innato sentido de Dios e intuye que la muerte no es el final del camino. De hecho, con los arqueólogos, podemos afirmar que uno de lo signos principales de humanización es el cuidado de los difuntos, la costumbre de enterrarlos y el deseo de estar en cierta comunión con ellos. Se trata de un precioso signo para subrayar la dignidad de la persona y cierta creencia en que la muerte no es el final del camino.
¿Qué proclama el cristianismo sino esto mismo? Gracias a Jesucristo, la resurrección no es solo un anhelo: es una realidad que está ya presente entre nosotros. Él ha venido a purificar y a cumplir los deseos de toda la humanidad, él ha muerto por todos y los cristianos somos los heraldos de esta buena noticia.
En el judaísmo del tiempo de Jesús, no todos los miembros del pueblo elegido creían en la resurrección: los saduceos, por ejemplo, no la aceptaban. Los fariseos y otros grupos sí creen en la resurrección futura, al final de los tiempos, de los todos los justos.
También los discípulos de Jesús aceptaban esta fe en el futuro. Pero con Jesús ha comenzado algo nuevo: él ya ha resucitado, el final de los tiempos ya ha comenzado, la vida eterna ya está entre nosotros. De hecho, nuestra fe afirma que María ya habita en cuerpo y alma en la presencia de Dios. Los santos, en espera de la resurrección de la carne, también gozan ya de la presencia de Dios.
En estos días, son muchas las personas que visitan los cementerios. Recordemos que esta palabra es una creación cristiana: las antiguas necrópolis, ciudades de los muertos, se han convertido en dormitorios-cementerios, porque los difuntos están a la espera de ser despertados por aquel que los creó. Esta fe comenzó ya con Jesús cuando, al entrar en la casa de Jairo, dijo que su hija no estaba muerta, sino dormida; se reían de él, pero él llamó a la niña y la despertó de su sueño mortal. Gracias a Jesús, nuestra muerte se transforma en un sueño, ya no es final definitivo, sino espera de plenitud.
Además de la esperanza en el futuro de los difuntos, la visita al cementerio es también signo de nuestros deseos de comunión con ellos. Todas las culturas buscan también esta comunión. Jesús de Nazaret purifica estos deseos y les da plenitud. La comunión con ellos se da en la eucaristía, en el cuerpo resucitado de Jesús. No se trata de una cuestión esotérica y mágica, de dominio de las fuerzas espirituales por parte del hombre: se trata de una vinculación al cuerpo de Jesucristo por parte de todos, vivos y difuntos. Gracias a él la comunión es ya presente, a la espera de la comunión definitiva de todos en la resurrección final de la carne.
Por eso, el lugar por antonomasia de la comunión de los santos no es tanto el cementerio o la memora personal, sino la eucaristía, la memoria de Dios y la vinculación real al cuerpo vivo de Jesús.
Visitamos el cementerio, rezamos por los difuntos y, sobre todo, reforzamos nuestra vinculación con Jesús para acrecentar nuestra comunión con todos y fortalecer nuestras esperanzas de futuro.
….nuestros seres queridos que concluyeron su peregrinar en nuestra tierra y nos preceden en el cielo…marcan un tiempo de conversión para renovar una Alianza con Dios Padre que purifica y salva.Gracias Señor.
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