MANUEL PÉREZ TENDERO

Por tercer domingo consecutivo, la liturgia dominical nos presenta una parábola de Jesús que tiene como fondo el símbolo de la viña. Estamos finalizando el tiempo de vendimia y, por ello, nos sentimos más en continuidad con el mundo de ideas de Jesús y sus contemporáneos.
La parábola primera nos hablaba del salario que recibían los trabajadores y, desde ahí, Jesús quería explicar la justicia de Dios, que es misericordia para todos. La semana pasada, nos hablaba también de trabajadores, pero ya no contratados, sino hijos; la clave no era el salario, sino la obediencia al padre de los hijos y dueño de la viña. Más tarde o más temprano, todos tenemos que ser trabajadores efectivos de la viña de nuestro Padre Dios, nadie puede quedar al margen de los trabajos del Reino.
Con la parábola que leemos este domingo, la mirada se dirige a unos labradores que reciben en arriendo la viña. La clave está en la entrega de los frutos, por parte de los labradores, al dueño de la viña cuando llega el tiempo de la vendimia.
Debajo de todas estas parábolas, además de la experiencia cotidiana de Jesús y sus oyentes con los viñedos de Galilea y Judea, están los diferentes textos del Antiguo Testamento que utilizan el símbolo de la viña para aplicarlo al pueblo de Israel. El más famoso de estos textos está al comienzo del profeta Isaías: Dios es un viñador que prepara todo de forma perfecta para que la viña produzca sus frutos, pero no sucede así: en vez de uvas, las cepas dan agraces. ¿Qué hace el dueño después de tantos esfuerzos? Abandonar la viña y dejar que la destruyan las alimañas.
Isaías nos ofrece también la aplicación de la parábola: el viñador es Dios y la viña es el pueblo elegido. Después de tantos cuidados de Dios para con el pueblo, este no ha dado los frutos que se esperaban de él; por eso, va a ser destruido. Como otros profetas, Isaías intuye el desastre que, realmente, sobrevino sobre el pueblo en tiempos de Nabucodonosor.
La clave de este canto de Isaías es el desajuste entre el viñador, que entona un canto de amor por su viña, y la viña, que no responde con sus frutos. Muchos trabajos y escasos frutos. ¿Se refiere este canto solo a la época de Isaías, o se podría aplicar a todas las etapas del pueblo elegido? ¿Cuáles son los frutos que está dando hoy el pueblo de Dios? ¿Será también la destrucción la perspectiva de futuro de un pueblo que no da frutos?
Además de aplicarlo de forma general, también podríamos aplicar el canto de Isaías a algunas dimensiones concretas de nuestro trabajo apostólico. La pastoral de la confirmación, por ejemplo: ¿cuánto se está invirtiendo en ella y cuántos frutos está habiendo? La pastoral de las vocaciones: ¿cuántos congresos, medios invertidos, comisiones y esfuerzos se han hecho para obtener, al menos en apariencia, frutos tan escasos? La insistencia, en los últimos años, en una pastoral de la familia: ¿se están consiguiendo frutos apreciables?
¿Será que no estamos trabajando de forma adecuada? ¿Será que la viña es responsable y no quiere dar frutos? ¿El futuro inmediato es como lo dibuja Isaías? ¿Habrá otras soluciones?
Si nos fijamos en la parábola del evangelio, la perspectiva cambia. También hay una viña, con todos los preparativos adecuados, y también hay un problema de frutos; pero, en este caso, la cuestión no es que las cepas no dan fruto, sino que los labradores se apropian los frutos y no rinden cuentas al dueño de la viña; han perdido la perspectiva de lo que son y se han creído dueños de la viña y sus frutos.
Jesús ya no se dirige directamente al pueblo, sino a sus dirigentes, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. ¿Cómo entender hoy esta parábola? ¿Se trata, sin más, de una referencia a la falta de fe, en el pasado, de los dirigentes históricos de Israel? ¿O de podría aplicar también a todos aquellos que tenemos alguna responsabilidad en la viña del Señor?
La Palabra de Dios nos interpela a todos y nos hace revisar con seriedad los frutos que está dando nuestro trabajo y la entrega de esos frutos al Dueño de la viña y de los trabajadores. La historia es como un gran ofertorio en el que todos estamos llamados a presentar a Dios los sudores y los frutos, grandes o pequeños, de lo que hemos trabajado.
Importa más darle a Dios los frutos, aunque sean pocos, que obtener muchos frutos y caer en la tentación de apropiarnos de ellos.