INVITADOS QUE SE EXCUSAN

MANUEL PÉREZ TENDERO

La parábola del banquete de bodas del hijo de un rey no está en san Marcos, pero se ha conservado en san Mateo y en san Lucas con algunas diferencias muy interesantes. Os invitamos a meditar en la versión de san Mateo, más amplia, que leeremos este domingo en las asambleas eucarísticas.

El rey envía, por dos veces, a sus criados para llamar a los convidados: el banquete está preparado para ellos. Nos llama la atención la actitud de los convidados: no se les ha invitado a trabajar o a servir, sino a celebrar un banquete, una fiesta; pero ellos buscan excusas para no acudir; algunos, incluso, maltratan a los enviados. Está claro que san Mateo está pensando en los apóstoles cristianos que anuncian el banquete del Reino en nombre de Jesús y, en muchos casos, no solamente son rechazados, sino que pueden llegar a ser perseguidos.

El rey tiene una doble reacción: castiga a los convidados que se excusan y, después, invita a otros porque el banquete debe ser celebrado. Tal vez, uno de los sentidos originales de la parábola tiene que ver con el rechazo del pueblo de Israel al Reino de Jesús, con la correspondiente destrucción de la ciudad por parte de Tito, y la evangelización de los paganos, que serían esos nuevos invitados a la boda a causa del desprecio de los primeros llamados.

¿Podríamos atrevernos a aplicar esta parábola desde nuestras circunstancias actuales? Si nos paseamos cualquier domingo por nuestras parroquias podremos comprobar que faltan muchos de los que se dicen cristianos, de los que prometieron en su bautismo fidelidad a Jesucristo y se mostraron dispuestos a ser miembros vivos de la comunidad de la Iglesia.

¿Cuáles son las excusas que hoy ponemos para no acudir al banquete? Dios no nos invita a trabajar, sino a celebrar una fiesta para hacer un homenaje a su Hijo. Al parecer, los discípulos de su Hijo no tienen tiempo ni ganas de celebrar ese banquete, no va con ellos la boda ni la alegría de Padre e Hijo.

Cuando uno se dice «cristiano no practicante», ¿se da cuenta de lo que está manifestando? Creo que esta parábola lo deja muy claro. La mayor parte de los discípulos del Señor ven más importante el deporte que el banquete, o los viajes, o las fiestas interminables que se prolongan todo el fin de semana. ¿Qué pensará el rey, el Padre del Novio, de nosotros, convidados desagradecidos que buscan excusas para no estar con su Señor? Nos gustan más otros banquetes que el de nuestro Rey.

El Amor no es amado, como dicen los místicos. La invitación de nuestro Padre es rechazada, la amistad con el Hijo se diluye entre las muchas ocupaciones que tienen sus discípulos.

¿Cómo reaccionará Dios? ¿Hará lo que el rey de la parábola? ¿Nos quitará el Reino a nosotros, que no lo merecemos, y se lo dará a otros que vendrán de lejos y sabrán apreciar la belleza de la fe? ¿Castigará también el rey a los convidados que se excusan y que critican a sus enviados?

La parábola continúa. Los nuevos comensales, que llegan de todas partes, pobres y ricos, buenos y malos, llenan la sala del banquete. ¿Podría aplicarse, hoy, a los nuevos conversos en la Iglesia? ¿Podríamos aplicarlo, de alguna forma, a todos nosotros, que hemos heredado un Reino que el pueblo elegido rechazó y que no merecemos?

Al pasarse por el banquete para saludar a sus invitados, el rey se da cuenta que uno de ellos no se ha vestido con un traje apropiado para la boda; le reprocha esa actitud y lo expulsa del banquete. ¡Qué forma más sublime de explicar la relación entre la fe y las obras en la línea paulina!

Hemos sido invitados gratis al banquete: nada merecíamos, no éramos siquiera de los primeros convidados; pero, una vez que hemos entrado gratis en el Reino, tenemos que esforzarnos por vivir en consecuencia, por llevar un vestido que manifieste la dignidad que se nos ha concedido.

La gracia de la fe, recibida sin merecimientos, puede perderse si no estamos dispuestos a tomarnos en serio esa gracia y a vivir de acuerdo con ella.

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