Unos cinco siglos antes de Cristo, un profeta anónimo pedía, en nombre de Dios, que se le hablara al corazón de Jerusalén para poder consolar a la ciudad en su tribulación: la capital abandonada iba a recibir muy pronto a sus hijos que habían partido al destierro años atrás.
Uno de los textos más hermosos y conocidos sobre las apariciones de Jesús resucitado es el de los discípulos de Emaús. San Lucas es quien nos transmite esta tradición y nos regala un relato lleno de matices, con una teología profunda y una actualidad enorme.
La primera lectura de este segundo domingo de Pascua, en un precioso sumario de la vida de la comunidad primitiva, nos señala las cuatro características fundamentales que definen la existencia cristiana: la enseñanza de los apóstoles, la fracción del pan, la comunión y las oraciones.
Encuentro, testimonio y vida: estas tres palabras podrían resumir el contenido de las tres lecturas que serán proclamadas en este Domingo de Resurrección.
Empezamos por el evangelio: san Juan nos habla de un encuentro de algunos discípulos con el sepulcro vacío de Jesús. María, la primera que lo descubre, no llega a entrar; Simón y el discípulo amado, que llegan después, entran y ven. Juan dice que el discípulo amado creyó. Más tarde, también María creerá cuando se encuentre con el Resucitado, así como el resto de los discípulos y el propio Tomás.
El Domingo de Ramos es el pórtico por el que entramos en la Semana Santa. Entrando en Jerusalén con Jesús, somos llamados a participar en los misterios centrales del cristianismo.
La semana pasada, con la escena de la samaritana, la liturgia nos presentaba un símbolo eminentemente bautismal: el agua. Esta semana, la liturgia nos invita a reflexionar sobre el símbolo de la luz, pero no dejamos del todo la importancia bautismal del agua.
Si la Cuaresma nos trasporta simbólicamente al desierto, las lecturas de este domingo nos plantean un tema muy adecuado: el agua.
En la historia de Moisés, tenemos un pueblo sediento que no sabe dónde acudir para beber; por ello, se quejan al libertador y este, en nombre de Dios, les abrió un manantial en una peña, en el monte Horeb. En la vida de Jesús, en cambio, sí tenemos un pozo; el que tiene sed, ahora, no es el pueblo, sino el mismo Jesús, que pide de beber a una mujer de Samaría. Entre el Maestro y la mujer se entabla un precioso diálogo por el que Jesús va conduciendo pedagógicamente a la samaritana hacia la sed de un agua nueva, agua que corre, agua viva que solo él puede dar.
La idea de fondo de las lecturas de este domingo se podría resumir con la penúltima petición del Padrenuestro: «No nos dejes caer en la tentación».
El evangelio nos muestra a Jesús siendo tentado por Satanás. El lugar y el tiempo de la tentación –el desierto y los cuarenta días– nos recuerdan al pueblo de Israel en el éxodo: cuarenta años de camino por el desierto hacia la tierra prometida, en un itinerario lleno de dificultades y quejas, donde Israel, no solo cayó en la tentación, sino que tentó al mismo Dios, exigiéndole pruebas de su presencia y echándole en cara que los hubiera sacado de Egipto.
Desde la idea que tenemos de los escribas y fariseos del tiempo de Jesús, es posible que nos resulte fácil la exigencia del Maestro: “Si no sois mejores que ellos, no entraréis en el Reino de los cielos”. Pero no era esta la idea que los discípulos de Jesús tenían en su época: los escribas y los fariseos eran el grupo más religioso dentro del judaísmo, los más cumplidores de la ley de Moisés. ¿Cómo podían ser los discípulos mejores que ellos?
La reflexión evangélica de este domingo es muy sencilla y muy rica, fácil de aplicar a nuestras vidas y a nuestra misión como cristianos.
Después de hablar de quiénes son los ciudadanos privilegiados de su Reino, con las Bienaventuranzas, Jesús continúa en su discurso programático con dos ejemplos para expresar plásticamente lo que desea de sus discípulos, cuál ha de ser su lugar en medio de la sociedad. El discurso que viene a continuación, por tanto, no es solo un programa ético para ser personalmente cristianos, sino una propuesta misionera para que el creyente se sitúe en medio del mundo como sal y luz.