UN CURSO QUE NO TERMINA

MANUEL PÉREZ TENDERO

En la mayor parte de los colegios, esta semana han finalizado las clases de este curso. El miércoles pasado, último día de clase, me encontré a mediodía con un grupo de madres y niños que volvían del colegio. Una niña, la más pequeña de todos, iba llorando amargamente. Me acerqué y, con un poco de ironía, pregunté si estaba triste porque había terminado el colegio. Efectivamente, me dijeron las madres. Pero la razón no era evidente: su tristeza brotaba de la despedida de la profesora que había sido su tutora durante este año; la niña lloraba por el cariño que quedaba atrás.

En aquel momento, le dije a la niña que, con el nuevo curso, no perdía una profesora, sino que ganaba dos: la antigua tutora seguiría siendo su amiga y, ahora, iba a conocer a una nueva profesora que cuidaría de ella y la acompañaría en su crecimiento. La niña quiso dibujar una sonrisa, pero no sé si quedó muy convencida: pasados unos instantes, el llanto continuó.

Aquel encuentro mi hizo pensar en la importancia de las personas en nuestra vida. Los cursos, las catequesis, los trabajos que emprendemos: lo más importante de todo ello es el factor humano, las personas con las que tenemos la suerte de encontrarnos; podemos ser para ellas bendición o maldición, motivación o dificultad.

Es cierto que las relaciones pueden ser inmaduras y, por ello, perjudiciales; pero no hay nada mejor que una relación madura entre personas en todos los ámbitos en los que desarrollamos nuestra vida.

Lo que más nos satisface en lo profundo, lo que más nos realiza, es el amor, la relación personal con otros. Hay relaciones más profundas, otras más pasajeras: la amistad es un concepto que se aplica de forma análoga a nuestras vidas; no todos los amigos son íntimos, ni tienen por qué serlo. Para una vida madura también necesitamos amigos más circunstanciales, compañeros de trabajo a los que apreciamos, familiares más lejanos. Lo más importante de la vida son las personas y, por ello, el tiempo que dedicamos a las personas es el tiempo mejor empleado de nuestra vida.

Todos recordamos al profesor que nos enseñó cosas hermosas, al catequista que nos ayudó a conocer ciertos aspectos de la fe, a los abuelos o a los primos con los que pasamos momentos inolvidables en la infancia o en otros momentos de la vida. También recordamos el daño que otras personas nos hicieron: también ahí se manifiesta la importancia de los demás y lo mucho que configuran nuestro corazón.

Esta es también la clave de la evangelización: importan las personas que tratan a otros hermanos y los acompañan en el camino de la fe. El amor es la clave de la catequesis y de la evangelización; el amor maduro, claro está.

Esta importancia alcanza, de forma muy especial, al contenido de lo que transmitimos: no es solo importante la persona que da catequesis y la que la recibe, el sacerdote que predica y el feligrés que escucha, el voluntario que ayuda y el enfermo que es asistido; lo que transmitimos es el amor de una Persona. La finalidad de nuestra «escuela» es vincular personas al Maestro. El cristianismo no es una religión que tiene como clave unos ritos, o unos mandamientos, o unas ideas ortodoxas: es un misterio de relación personal con Jesús de Nazaret.

La niña que lloraba el miércoles pasado por las calles de mi pueblo es el signo del creyente que, como María Magdalena, llora la ausencia del Amigo; nada nos da más miedo que perder su compañía.

Solo que este Maestro no lo es solo para un curso, ni se circunscribe su tarea al tiempo de una temporada escolar: todos los días acompaña nuestro camino, «hasta de noche nos instruye internamente» (Sl 16).

Si alguna vez parece que se ha marchado de nuestro lado, él nos recuerda: «Volveré a vosotros y vuestra tristeza se convertirá en alegría».

Damos gracias por cada rostro que hemos conocido este curso, damos gracias porque hemos conocido un poco mejor Su Rostro.

Una respuesta a “UN CURSO QUE NO TERMINA

  1. Avatar de Jesús M. Jesús M. 21 de junio de 2026 / 9:48 am

    Una reflexión preciosa

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