MANUEL PÉREZ TENDERO

En la mayor parte de los colegios, esta semana han finalizado las clases de este curso. El miércoles pasado, último día de clase, me encontré a mediodía con un grupo de madres y niños que volvían del colegio. Una niña, la más pequeña de todos, iba llorando amargamente. Me acerqué y, con un poco de ironía, pregunté si estaba triste porque había terminado el colegio. Efectivamente, me dijeron las madres. Pero la razón no era evidente: su tristeza brotaba de la despedida de la profesora que había sido su tutora durante este año; la niña lloraba por el cariño que quedaba atrás.
En aquel momento, le dije a la niña que, con el nuevo curso, no perdía una profesora, sino que ganaba dos: la antigua tutora seguiría siendo su amiga y, ahora, iba a conocer a una nueva profesora que cuidaría de ella y la acompañaría en su crecimiento. La niña quiso dibujar una sonrisa, pero no sé si quedó muy convencida: pasados unos instantes, el llanto continuó.
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