PEDRO Y LA CRUZ

MANUEL PÉREZ TENDERO

Sería bueno leer las lecturas dominicales del evangelio, no de forma aislada, sino como un itinerario, sabiendo comprender la trama de conjunto de cada evangelio.

Todavía resuenan en nuestros oídos el diálogo de la semana pasada entre Jesús y Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. “Bienaventurado, tú, Simón; tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia”.

Esta conversación continúa, con tonos bien diferentes, en el evangelio que proclamaremos este domingo.

Jesús toma la iniciativa e inaugura una nueva etapa en su misión. Geográficamente, esta etapa está marcada por el cambio de Galilea a Jerusalén; en contenido, se caracteriza por una perspectiva de rechazo y muerte por parte de la gente y de las autoridades. Como todos sabemos, Simón Pedro rechaza esta perspectiva, seguramente por amor al Maestro; pero Jesús tiene que corregirle y llega a llamarle “Satanás”, porque tienta al Mesías en los caminos de su misión, como el diablo en los comienzos del evangelio.

La cruz es el contenido más importante de la misión de Jesús, la entrega de su vida por amor, por obediencia al Padre. Jesús ha venido a encarnarse, a vivir ocultamente en Nazaret, a predicar y a sanar, y también a morir: “Si el grano de trigo no muere, queda infecundo”.

La cruz, ciertamente, es el signo más utilizado por los cristianos de forma física. Algunas cruces son muy sencillas; otras, más recargadas y artísticas. Las hay de madera, de plata, de oro: en cualquier caso, está claro lo que significa esta señal.

Por otro lado, la espiritualidad de la cruz está muy viva entre los santos, y son muchos los creyentes que meditan sobre ella. Si en este verano hemos recibido algún retiro o hemos hecho Ejercicios espirituales, seguro que nos han hablado del misterio de la cruz.

La cruz es también fundamental para la vida personal de la mayoría de los cristianos: gracias a ella, al Señor resucitado que cuelga de la cruz, somos capaces de sobrellevar muchas de las cargas de la vida. En el sufrimiento, la espiritualidad de la cruz se convierte en algo más que tema de reflexión e ilumina la existencia por completo.

Retiros, piedad personal, ayuda en la existencia individual de cada creyente: lo que no sé es si la cruz está tan presente en la pastoral de la Iglesia, en las actividades de nuestras parroquias y comunidades.

Si nos sobreviene el sufrimiento personal, o el fracaso pastoral, seguramente sabremos interpretarlo y sublimarlo desde el misterio de la cruz; pero, si las catequesis no funcionan del todo bien, si no acuden los jóvenes que quisiéramos a nuestras celebraciones, si la gente no acaba de creer a pesar de todos nuestros esfuerzos, entonces, no sé si sabemos ver ahí la espiritualidad de la cruz o, sencillamente, nos quejamos y buscamos, ansiosos, la receta para salir de esa situación.

¿No nos sucede, en el fondo, como a Simón en los caminos de Galilea? ¿No deseamos que la misión de Jesús, y de su Iglesia, consista fundamentalmente en predicación y milagros, en actividades y organización de eventos religiosos? ¿No se mide nuestra ilusión por los éxitos obtenidos? ¿No juzgamos a las parroquias y a las diócesis por el número? ¿Y si aplicáramos estos criterios de nuestra pastoral al ministerio de Jesús?

¿Quién de nosotros da gracias al Padre, como él, cuando la gente rechaza el Evangelio?

Me acuerdo, a menudo, de la película de La Pasión, de Mel Gibson, en el momento en que Jesús, con la cruz a cuestas, cae al suelo y se encuentra con su Madre, tal vez la escena más emotiva de toda la película. Ahí, derrotado, pronuncia una frase cargada de esperanza ante la Virgen: “Ahora hago nuevas todas las cosas”.

La cruz no es un madero del pasado, sino la clave para comprender nuestra vida y nuestra misión, nuestra salud y nuestra pastoral, nuestras tareas y nuestra vida cotidiana; es el modo en que Dios quiere salvar al mundo, es el camino que Pedro y la Iglesia deben recorrer.

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