MANUEL PÉREZ TENDERO

Las circunstancias que rodean el milagro de la multiplicación de los panes nos ayudan a profundizar en su sentido.
Juan Bautista ha muerto, asesinado por Herodes Antipas en la fortaleza de Maqueronte. Los evangelios relacionaban el encarcelamiento de Juan con el comienzo del ministerio de Jesús; ahora, san Mateo relaciona su muerte con el milagro central de ese ministerio público: el alimento de la multitud por parte de Jesús.
Al saber la muerte de Juan, Jesús se retira a un lugar desierto, solitario. Algunos relacionan este retiro con una huida de Jesús, porque su misión ha estado muy ligada a la de Juan y puede correr la misma suerte que él. Tal vez, con las palabras del cuarto evangelio, podríamos decir que Jesús tiene claro que esta es la hora de Juan, pero que aún no ha llegado su propia hora.
Pero el motivo de la huida no concuerda muy bien con la multitud que lo sigue y a quienes Jesús atiende para darles de comer. Todos estos elementos –el lugar desierto, la multitud, la comida en lugar descampado– nos recuerdan a Moisés y el milagro del maná en el desierto. De alguna forma, la muerte de Juan marca el momento del éxodo de Jesús: él ha venido a ser el profeta definitivo que alimenta al pueblo con su palabra y con su pan.
En muchos textos del Antiguo Testamento –también en la preciosa lectura del profeta Isaías que leeremos este domingo– se nos dice que Dios es un Dios que cuida y alimenta a su pueblo; lo hace por medio de sus enviados. En el milagro de la multiplicación, por tanto, Jesús se presenta como el enviado definitivo de Dios que viene a alimentar al pueblo en su camino hacia la tierra prometida definitiva.
Este éxodo de Jesús, para muchos investigadores, no es solo una cuestión simbólica para relacionarlo con Moisés: se trata de una verdadera salida de Jesús, no ya de Egipto, sino de Israel, del pueblo al que ha sido enviado. En la segunda parte del evangelio según san Mateo –un evangelio, por otro lado, dirigido a cristianos provenientes del judaísmo–, Jesús, que no ha sido aceptado por su pueblo, se marcha y lleva tras de sí a sus discípulos. El Mesías de Israel va a fundar un pueblo nuevo con el resto fiel que acepta al Profeta de los últimos tiempos. La presencia de la masa manifiesta que no se trata de una comunidad sectaria y encerrada en sí misma: todo el pueblo está llamado a formar parte de esta nueva comunidad que el Hijo de Dios, sucesor de Moisés, ha venido a crear.
Hay tragedia, por tanto, en el hermoso texto de la multiplicación de los panes: el pueblo está como ovejas sin pastor, está sin comer, se ha quedado sin Moisés. Se necesita la presencia del sucesor, de un nuevo Josué que conduzca a este pueblo por el desierto en nombre de Dios. Jesús es ese nuevo Josué, él ha venido a ser pastor del pueblo de Dios; por eso, se compadece y lo alimenta con su palabra y con su pan.
Los discípulos también forman parte de esta nueva etapa de la historia de la salvación: ellos deben repartir el pan para que llegue a todos los rincones de la multitud; ellos están en contacto directo con Jesús para tomar de sus manos el pan y repartirlo a todos; ellos son los oyentes privilegiados de su palabra para llevarla, completa, a todos los oídos del pueblo.
Pero todo esto habría sido imposible si la multitud no hubiera seguido a Jesús en su salida. ¿Por qué siguió la multitud a Jesús? ¿Qué vieron en él? El profeta Isaías nos da una clave para comprender a quiénes llega el pan y el vino gratis que Dios tiene preparado para todos: se dirige a todos los sedientos. La posibilidad de recibir el pan de Dios no está en el dinero que tengamos para poder comprarlo, o en nuestras capacidades humanas o virtudes morales, sino en la sed.
Esto es, tal vez, lo que mejor supo hacer Jesús: pudo dar de comer a la multitud porque, antes, había suscitado en ellos la sed de seguirle, la motivación para buscarlo.
En el corazón de la semana, Jesús vuelve a invitarnos a salir con él: pone la mesa de Dios en nuestras parroquias para alimentarnos con su palabra y con su pan, para seguir construyendo el pueblo de la familia de Dios.
Acudirán todos aquellos que tienen sed…
….y el desposorio creyente de todo aquel que enamorado de Jesús le sigue con deferencia para satisfacer nuestra necesidad…gracias Señor porque nos cuidas…eres Dios para mí.
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