MANUEL PÉREZ TENDERO

Probablemente, el texto más importante del Antiguo Testamento es la revelación de Dios en el monte Sinaí para hacer alianza con el pueblo de Israel en el corazón del desierto. Después de haber llamado a Moisés, después de celebrar la Pascua de la liberación en Egipto y tras haber cruzado el mar Rojo, Israel se detiene en el monte Sinaí y allí recibe la propuesta de alianza con Dios: la Ley será el contenido de esa alianza. El texto nos presenta la teofanía de Dios con los signos del viento, el terremoto y el fuego.
Este acontecimiento es recordado, año tras año, en la fiesta judía de Pentecostés, al comenzar el verano.
Algo más de tres siglos después de Moisés, un hombre de Transjordania, llamado Elías, es presentado como un nuevo Moisés: es el símbolo de todos los profetas de Israel. Como Moisés, Elías peregrina al monte Sinaí-Horeb y, allí, se prepara para una nueva revelación.
Llega un viento huracanado, pero ahí no está Dios; después, se desencadena un terremoto: tampoco ahí está Dios; más tarde, aparece también el fuego: tampoco. Por fin, surge una brisa suave: Elías se pone en pie porque ahí llega el Señor para hablar con él.
Está claro el paralelismo entre el texto de Moisés y el de Elías. El mensaje que se nos da también parece muy claro: el Dios del Sinaí, ahora, se aparece en la pequeñez de una brisa suave, sin violencia, a diferencia de los signos desgarradores y tremendos del terremoto, el huracán y el fuego.
El terremoto, el viento y el fuego no son solo fenómenos físicos del ámbito de la naturaleza: pueden significar también todo aquello que buscamos, grandioso, como mediación de la experiencia de Dios. Es muy posible que los creyentes tengamos la tentación de pensar que Dios se encuentra siempre en los grandes acontecimientos, en los fenómenos milagrosos, en los grandes hechos de la historia y en sus personajes más famosos. Pero el texto de Elías nos anima a esperar: Dios aparece más allá de toda esa grandiosidad, se hace presente en un viento suave que susurra, humilde, a nuestro corazón.
También supo ver Elías, en una pequeña nubecilla del horizonte, el signo de una lluvia copiosa que acababa con una larga sequía.
En paralelo con la experiencia de Elías en el monte Horeb, el evangelio de este domingo nos presenta la experiencia de Pedro y los discípulos en el lago de Galilea: allí, en medio de la tormenta, Jesús se hace presente y trae la paz que supera el temor.
La brisa suave de Elías, entonces, aprendemos a interpretarla como un anticipo de la manifestación definitiva de Dios: el hombre Jesús de Nazaret. Él ha venido, no con la fuerza de un huracán que amenaza, no con el poder de un gobernante que todo lo cambia desde su posición elevada: Jesús es el niño de Belén, el hombre de Nazaret, el profeta de Galilea, el crucificado de Jerusalén.
Muchos, acostumbrados a las grandes teofanías, no supieron ver en él la presencia de Dios. No aprendieron de la experiencia de Elías y los profetas. Todavía hoy, tal vez, muchos creyentes siguen mirando hacia arriba, hacia todo lo que es espectacular y asombroso, allá donde todos miran. Pero hay que saber esperar: en la brisa suave que acaricia nuestras vidas se hace Dios presente como nunca.
Cristo es esa brisa que Elías intuyó, que María tuvo en su seno y que los discípulos pudieron contemplar; día tras día, él se hace presente en multitud de brisas pequeñas que nos llegan para que nos pongamos en pie y sepamos recibir al Dios de la historia.
La pedagogía de lo pequeño es la clave de la teología de los profetas y nos ayuda a comprender el misterio de Jesús de Nazaret; nos ayuda a aprender a rezar sin necesitar grandes revelaciones, a aprender a amar sin que el corazón esté siempre enardecido, a aprender a servir sin protagonismos.
Con Elías en la montaña, con los discípulos en el lago, aprendemos a recibir la ternura de Dios en la suavidad de la palabra y la presencia de Jesús.
Gracias ,Padre Manuel,siempre.
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