MANUEL PÉREZ TENDERO

Ayer celebrábamos el triunfo de una mujer, María de Nazaret: su Asunción a los cielos es fruto de su cercanía absoluta a Jesús de Nazaret y es también misión, junto al Hijo, para interceder por toda la humanidad en camino.
En el evangelio de este domingo también aparece el protagonismo de una mujer en relación con el hijo de María. De hecho, Jesús se dirige a ella con la misma terminología que, en san Juan, se dirige a su madre: «Mujer».
Jesús sale de Galilea, de la tierra de Israel, y se dirige a la región fenicia, a los territorios paganos costeros de Tiro y Sidón. Una mujer cananea le sale al encuentro: quiere rogarle por su hija, que esté endemoniada.
Son pocos los milagros que Jesús realiza entre los paganos y este es quizá el más significativo. Llama la atención, por un lado, la insistencia de la mujer a pesar de la falta de escucha y, más aún, llama la atención el desinterés de Jesús hacia la súplica de esta mujer.
Es importante seguir el recorrido de esta mujer que, hasta tres veces, insiste en su petición. Ella toma la iniciativa y, con el lenguaje bíblico de los Salmos, suplica a Jesús por su hija: «Ten piedad de mí, Señor, hijo de David». El lenguaje de los Salmos, conocido por el lector, nos ayuda a identificarnos con esta mujer que grita y suplica en su necesidad.
Pero Jesús no le hace caso, no responde nada a la petición de la mujer. ¿Estamos, también, ante una experiencia de muchos creyentes que, a menudo, sienten el silencio de Dios como respuesta a sus súplicas?
Sucede, inmediatamente, la intervención de los discípulos. Le hablan a Jesús de la mujer, con una frase que se puede interpretar de dos maneras. Para muchos, se trata de una especie de intercesión: «Hazle caso, porque no nos deja en paz». Otros, en cambio, traducen el verbo literalmente: «Despídela, porque no nos deja en paz». Parece más correcto interpretar la frase de los discípulos, no como un acto benévolo de intercesión, sino como una insistencia a Jesús para rechazar a la mujer: se hace molesta su presencia.
En el milagro del ciego de Jericó tenemos algo parecido: la muchedumbre manda callar al ciego, que también suplica a Jesús como «Hijo de David». La diferencia radica en que, en nuestro caso, es el mismo Jesús el que no escucha a la mujer; es más, lo justifica desde el plan de Dios: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Parece que su misión no está destinada a los paganos. ¿Es necesario pertenecer al pueblo elegido para ser escuchados por Dios? Sigamos leyendo.
Ante este primer intento infructuoso, la mujer sigue insistiendo: se acerca a Jesús y se postra, lo adora, y, de nuevo, utiliza el lenguaje de los Salmos para suplicarle: «¡Señor, socórreme!». Estamos ante una verdadera catequesis sobre la necesidad de la insistencia en la oración. Ante el silencio de Dios, ante las posibles razones teológicas de ese silencio, la mujer sigue rezando, sigue insistiendo en su petición.
Jesús, ahora, dialoga con ella, pero para decirle de nuevo que los paganos no forman parte de su misión; lo hace con un ejemplo que tiene que ver con la multiplicación de los panes y la importancia social y religiosa de las comidas: los perros de la casa no se pueden comer el pan de los hijos. Frente a Israel, los paganos son considerados como «perritos», como animales domésticos que no están a la altura de los hijos.
Nos llama la atención, de nuevo, la reacción de la mujer: da la razón a Jesús, ella y su hija son paganas y no merecen el pan del Reino, pero las sobras de los hijos les llegan también a los perros de la casa.
Por fin, Jesús reacciona y realiza el milagro: la mujer, en todo el proceso, ha manifestado una fe inquebrantable que hace posible la curación.
Este milagro relata brevemente una «conversión» de Jesús y de la Iglesia que san Mateo también trata en todo su evangelio: había que comenzar por Israel, pero la misión de Jesús y su Iglesia se abre a los paganos porque es abundante la mesa del Reino, el pan de la salvación. ¿Cuál es la forma por la que los paganos pueden acceder al plan de Dios? La fe, manifestada en la insistencia de la mujer y en su humildad para aceptar la perspectiva de Jesús.
Es posible que muchos «creyentes», ayer y hoy, no manifiesten una fe tan grande como la de la mujer. Ella tiene necesidad de la curación de su hija: su amor de madre y su confianza en Jesús hacen posible la insistencia en la oración y la realización del milagro.
Esta mujer extranjera se convierte en bello ejemplo de fe y oración para todos los creyentes.