JESÚS, PEDRO Y LA IGLESIA

MANUEL PÉREZ TENDERO

Recorriendo el evangelio según san Mateo durante todo el año, llegamos este domingo al episodio central del recorrido de Jesús: la confesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo. Es un texto clave, también para san Marcos y para san Lucas. Vamos a subrayar algunas peculiaridades de san Mateo.

En la respuesta de la gente, se habla de Elías, Juan Bautista y uno de los profetas; Mateo añade a Jeremías. También aparece este profeta en otros textos de san Mateo, desde la infancia a la pasión. Para san Mateo, el escriba que investiga el Antiguo Testamento para comprender mejor la figura de Jesús, el profeta Jeremías y su destino trágico es una clave importante para comprender el ministerio de Jesús.

En la respuesta de Pedro vemos otra diferencia fundamental. En san Marcos, Pedro confiesa a Jesús como Mesías; en san Lucas, es “el Mesías de Dios”; para san Mateo, en cambio, Jesús es confesado como “Mesías e Hijo de Dios vivo”. La diferencia es muy clara: para san Marcos, se trata de una primera confesión de fe, no completa, a mitad de camino, solo al final del evangelio, al pie de la cruz, Jesús será confesado como el Hijo de Dios. Para san Mateo, en cambio, se trata de una confesión completa por parte de los discípulos, de ahí la insistencia en que ha sido fruto de la revelación misma del Padre.

Esta es la siguiente diferencia: Jesús responde a Simón y nos da varias informaciones importantes.

En primer lugar, pronuncia una bienaventuranza sobre el príncipe de los apóstoles: en él se cumple, el primero, lo que Jesús había anunciado al final del capítulo once: solo conoce al Hijo aquel a quien el Padre se lo quiera revelar. Se trata de una perspectiva muy cercana al evangelio según san Juan: es imposible creer en Jesús si no somos atraídos por el Padre. También san Pablo, al comienzo de la carta a los Gálatas, dice que el Padre se dignó revelar a su Hijo al mismo Pablo: desde textos muy diferentes, san Pedro y san Pablo son presentados como destinatarios de una especial revelación de Dios para conocer el misterio del Hijo.

Fruto de este conocimiento revelado, Jesús le da una misión a Simón que tiene que ver con el cambio de nombre. Es san Mateo el único evangelio que deja tan claro y desarrolla de forma tan amplia la misión de Pedro. Esta misión está caracterizada desde tres símbolos.

El primero de ellos es el del nombre: Cefas, Piedra. Este nombre también aparece en los demás evangelios, pero es san Mateo el que lo explica: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Simón, creyente, aquel que conoce a Jesús, recibe la misión de ser roca y cimiento para los demás. La frase posterior, que habla del poder del infierno que no podrá con la Iglesia, nos invita a pensar también en la roca como lugar elevado de defensa, como muralla que nos protege de los ataques de los enemigos.

El segundo signo que expresa la misión de Pedro es el de las llaves; está tomado del profeta Isaías –es el texto que leeremos e la primera lectura de la Misa– y nos habla del cambio de un mayordomo del palacio del rey por otro. Pedro aparece como el mayordomo de la Iglesia, de la casa de Jesús; algo parecido a lo que el faraón hizo con José en Egipto. No se trata solo de la puerta de entrada al cielo –como se ha interpretado habitualmente–, sino de la capacidad de gobierno de Pedro en la casa de Jesús.

En el texto de Isaías, la mención de las llaves se continuaba en la posibilidad de abrir y cerrar; en san Mateo, en cambio, se habla de atar y desatar. Esta frase vuelve a repetirse en el capítulo dieciocho aplicado a todos los discípulos. En la tradición de la Iglesia, se ha interpretado sobre todo desde el sacramento de la penitencia: la potestad de los ministros para quitar o retener pecados. Los estudiosos actuales, en línea con la tradición rabínica, hablan también de la posibilidad de interpretar correctamente una doctrina. Se estaría hablando, en origen, de lo que entendemos como Magisterio de la Iglesia.

Estamos ante una escena preciosa, fundamental para comprender la teología de la Iglesia; pero también nos habla a cada uno de nosotros, en una perspectiva más personal: ¿qué conocimiento tenemos, después de estar tanto tiempo con él, de nuestro Maestro y Señor?

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