MANUEL PÉREZ TENDERO

La corrección fraterna…
Estamos leyendo el capítulo dieciocho de san Mateo: es el cuarto discurso de Jesús, centrado en la vida eclesial, en las relaciones internas entre los cristianos. En este capítulo, Jesús nos deja unas claves fundamentales para poder construir la comunidad y sostener la fraternidad a lo largo del tiempo. Dos son las claves que nos da el texto que leeremos este domingo.
La primera es la corrección fraterna, la segunda, la oración en común que nos hace experimentar la presencia de Cristo entre nosotros.
Cuando alguien peca, se nos señalan cuatro pasos posibles. En primer lugar, la corrección personal del hermano, en privado: como los antiguos profetas ante el pueblo de Israel, todos somos profetas para nuestros hermanos y tenemos la responsabilidad de ayudarlos a superar el pecado. Si este primer intento consigue la conversión, «habrás salvado a tu hermano».
¿Qué sucede si el corregido no acepta la palabra fraterna? Se debe llamar a dos o tres miembros más de la comunidad; se trata, no solamente de intentar que el pecador reciba el aviso de más personas, sino de un acto casi jurídico para certificar que la corrección ha sido hecha, que los hermanos no han dejado de cumplir su obligación de ayudar al pecador.
Si, aún así, el corregido sigue sin aceptar la corrección, se debe avisar a la comunidad, a la iglesia. El asunto toma fuerza y se hace casi solemne. Si este tercer aviso tampoco sirve de nada, el pecador ha de ser considerado como un publicano, como alguien ajeno a la comunidad.
Podemos intuir aquí, por tanto, que la ayuda mutua en el pecado no es solamente una cuestión moral personal o una ayuda de amistad, sino una de las claves de la construcción de la comunidad. ¡Cuántas relaciones se han roto, cuántas comunidades han sido destruidas porque no se supo atajar a tiempo el problema y no se tuvo la valentía de llamar al pecador a la conversión!
La lectura del profeta Ezequiel, que sirve para prepararnos a la reflexión de Jesús en el Evangelio, nos habla del profeta como centinela y su responsabilidad: si el pecador muere por su pecado, pero el profeta no le ha avisado, él también se hace responsable. En cambio, si el profeta avisa, pero el pecador no se convierte, la culpa queda solo del lado del pecador que, además, no ha querido recibir el regalo de la conversión.
Es evidente que el pecado, como en todas las épocas, abunda entre nosotros, también dentro de la Iglesia. Lo que no sé si abundan son los centinelas y profetas. Por miedo, por una cierta concepción del respeto ajeno, por falta de valentía: cuántas personas se quedan sin recibir la oportunidad de la conversión porque nadie les avisó de su pecado.
En el fondo, se trata de una falta de amor, lo cual es más grave aún: si alguien nos importa de veras, antes de que caiga al hoyo, nos esforzamos por avisarle; si no nos importa, en cambio, miramos para otro lado e intentamos quedar exentos de toda responsabilidad. Aquí radica la cuestión principal: el Señor ha fundado una familia, una comunidad, en la que todos somos responsables de todos.
Esta responsabilidad, que el Evangelio de hoy centra en la comunidad, se podría también ampliar como dimensión misionera y profética de la Iglesia: ¿no necesita nuestro mundo que le ayuden a abrir los ojos para ver las consecuencias trágicas del tipo de vida que llevamos? Pero, ¿quién se atreverá a ser profeta? ¿Quién amará lo suficiente para atreverse a corregir?
Es cierto que, además de valentía, hace falta también humildad y tacto: la corrección fraterna es un arte y, en muchas ocasiones, se hace tan mal que hubiera sido mejor no haber dicho nada. Responsabilidad y tacto: somos pecadores, pero la vida de los demás nos importa y, por ello, con todo respeto, nos esforzamos por corregir con sencillez a aquellos que consideramos hermanos.
De la misma manera, también nosotros estamos llamados a ir aprendiendo el «arte de ser corregidos».