MANUEL PÉREZ TENDERO

Los primeros pecadores de la historia son Adán y Evan: desde sus orígenes, la humanidad ha pecado contra Dios. Caín, en cambio, es el primer homicida: el pecado se va multiplicando según la humanidad crece. Pero Dios protege a Caín con una señal y dice que quien mate a Caín «lo pagará siete veces». Lejos de acabar con el pecador, Dios lo cuida frente a todos aquellos que claman venganza.
Si seguimos leyendo el texto del Génesis, nos encontramos con Lámec, uno de los descendientes de Caín; este personaje pronuncia ante sus mujeres un canto que recuerda la culpa de Caín: «Caín será vengado siete veces, mas Lámec lo será setenta y siete». En este caso, ya no es Dios quien pronuncia la maldición, ya no parece tratarse de un aviso contra el pecador, sino de un verdadero canto de amenaza contra los enemigos del clan.
Siglos más tarde, nos encontramos de nuevo en la Biblia con las cifras siete y setenta y siete, también en contexto de pecado y castigo: se trata del diálogo entre Pedro y Jesús en el contexto del discurso eclesiástico. Simón Pedro pregunta si debe perdonar siete veces al hermano que peca contra él, y Jesús responde que lo debe hacer «setenta y siete veces». La respuesta de Jesús también se puede traducir como «setenta veces siete», pero la primera traducción parece más adecuada por su relación con el texto del Génesis.
¿Cuál es el significado de estas cifras? El número siete suele indicar la perfección: Pedro pregunta a Jesús si su perdón debe ser perfecto. Jesús no contradice a Pedro en este caso, sino que insiste en esa perfección que el apóstol pretende: el perdón debe ser perfectísimo.
En el Génesis, la forma de defender al pecador es amenazar a aquellos que se quieren vengar de él; con Jesús de Nazaret, la forma de defender al pecador es la capacidad de perdonarlo en toda circunstancia. Se trata de algo parecido a la evolución de la ley del talión hacia el amor a los enemigos: con la norma del talión se pretendía frenar la espiral de violencia, permitiendo solo un castigo proporcionado; en cambio, Jesús va más allá y propone como solución al pecado y la violencia el camino del perdón y la reconciliación.
Ante esta actitud radical de Jesús surgen algunas preguntas; por ejemplo, con relación al contexto. La semana pasada leíamos la primera parte del discurso eclesiástico: Jesús nos pedía la corrección fraterna del pecador en el corazón de la Iglesia. Ahora, en la segunda parte, se nos pide el perdón total. ¿Debemos corregir al pecador y, si llega el caso, expulsarlo de la comunidad, o debemos perdonarlo?
No se trata de prácticas contradictorias, sino complementarias. El perdón no evita el arrepentimiento, el perdón del pecador sirve también para posibilitar su cambio de vida, el perdón no significa la aceptación del pecado. Recordemos el encuentro de Jesús con la mujer sorprendida en adulterio: «Tampoco yo te condeno; vete y, en adelante, no peques más».
Perdonar y corregir son dos verbos que debemos aprender a conjugar en la relación con los demás, que son pecadores como nosotros.
Por otro lado, en la historia de la interpretación de este texto, los comentaristas se han preguntado si no es peligroso cumplir a rajatabla este mandato de Jesús: el perdón total del pecador, ¿no podría convertirse en una invitación a pecar? Si no hay castigo, ¿cómo exigir el esfuerzo de los malos para no hacer el mal?
Como en tantas otras ocasiones, hemos de aprender a entender los textos en relación con el conjunto del Evangelio, con todo el mensaje de Jesús y con su vida y persona.
Se debe perdonar siempre, como se debe también corregir, como se debe anunciar con valentía profética el pecado del mundo y de la comunidad. El misterio del hombre y del amor no se puede encerrar en unos cuantos algoritmos matemáticos; es fundamental matizar siempre, poner en relación unas dimensiones con otras.
Pero es importante que los posibles peligros de que se entienda mal el perdón no se conviertan en una excusa para que no perdonemos. Quizá está ahí el matiz de Jesús ante Pedro: setenta y siete, es decir, sin excusas, siempre dispuestos, más allá de las dificultades reales que existen para perdonar. Setenta y siete, es decir, de forma perfectísima, como Dios nos perdona a nosotros.
De ahí, la parábola que Jesús cuenta a continuación, que es un precioso comentario a la petición del Padrenuestro: hemos sido perdonados por el Señor de una deuda muy grande; por tanto, debemos aprender a perdonar también al hermano sus pequeñas deudas, porque, de lo contrario, estaríamos impidiendo que el perdón de Dios diera fruto en nosotros.