LOS CAMINOS DE DIOS

MANUEL PÉREZ TENDERO

La Biblia, desde sus textos más antiguos, presenta una clave que no deja de repetirse a lo largo de todos sus libros –desde el Génesis hasta el Apocalipsis– y a lo largo de toda la historia –desde Adán hasta el último de los apóstoles: Dios es trascendente, su misterio desborda siempre la mente y el corazón del ser humano.

Este carácter misterioso de Dios no se aplica solamente a su esencia, sino a su forma de actuar y a la manera de tratar al hombre y de conducirlo a la salvación: «Mis caminos no son vuestros caminos, mis planes no son vuestros planes». Esta famosa frase del profeta Isaías es clave para poder acercarnos de forma veraz y adecuada al Dios de la Biblia y su intervención en la historia.

La frase esta tomada del final del segundo libro de Isaías, escrito al término del destierro de Israel en Babilonia: ¿quién iba a pensar que aquel desastre podía ser obra de Dios para purificar a su pueblo y llevar adelante la elección a pesar del pecado y la desobediencia?

Cuando Dios envía a sus profetas, que llaman a la conversión al pueblo, pero la gente no hace caso: ¿cómo salir de ese atolladero? ¿Cómo salvar a un pueblo que no quiere poner los medios para ser rescatado? La derrota ante Nabucodonosor, la destrucción del templo y el exilio de la población fueron acontecimientos históricos por los que el Dios de la alianza, siempre fiel, ha querido salvaguardar la elección y sanar a un pueblo rebelde.

¿Podríamos hacer una reflexión parecida sobre la Iglesia y los tiempos que vivimos? ¿Están haciendo caso los creyentes a los profetas de Dios, a su Palabra viva que nos habla cada día? ¿Hay conversión en nuestras comunidades? Si no fuera así, ¿cómo podrá Dios liberarnos de nuestra propia cerrazón? ¿Por qué caminos de la historia querrá Dios educar al pueblo de la nueva alianza, que no siempre es fiel y escucha?

¿Tal vez las palabras de Isaías solo valen para el Antiguo Testamento? ¿Tal vez la Iglesia está exenta de necesidad de conversión y no necesita ser educada por Dios a través de las vicisitudes de la historia? ¿Estará actuando Dios desde estas claves en la actualidad? ¿Quién sabe verlo, como Isaías?

Estas palabras del profeta no solo sirven para ayudarnos a interpretar al Dios de la historia, también en el presente: sirven, sobre todo, para introducir la vida de Jesús, cuyo comportamiento desborda las expectativas de todos, incluidas las personas más religiosas del pueblo. ¿Por qué trata así a los pecadores? ¿Por qué se dedica a estar con los últimos? ¿Por qué predica en Galilea más que en Jerusalén? ¿Por qué vive en Nazaret y no en la capital religiosa de Israel?

La parábola de los obreros enviados a la viña, que solo san Mateo nos ha transmitido, es uno de los textos más genuinos del Jesús histórico y sigue estando ahí como reto a nuestras ideas de justicia y recompensa.

Si leemos despacio la parábola y somos sinceros, tampoco nosotros estaríamos de acuerdo con la forma de actuar del dueño de la viña; pensaríamos, como los trabajadores de la primera hora, que Dios es injusto porque paga a todos lo mismo, sin tener en cuenta su trabajo. A nuestra forma de pensar siempre le cuesta comprender esta forma de justicia, pero más aún si nos dejamos influir por la mentalidad utilitarista que prevalece en nuestras relaciones.

Como en las Bienaventuranzas, la lógica de Jesús nos abre a nuevos horizontes. Él no ha venido a negar las claves de la recompensa o la justicia, sino a abrir nuevos caminos que integren esta lógica desde la gracia de Dios.

Para comprender esta lógica, a mí siempre me ha ayudado el ejemplo de la ciencia moderna: Einstein y su teoría de la relatividad no niegan la física de Newton, sino que la sitúa en una perspectiva más amplia, que no niega lo antiguo, sino que lo profundiza y amplía para que pueda explicar mejor el misterio de lo real.

Ese es Jesús de Nazaret y su lógica de la gracia: no niega, sino que integra nuestra perspectiva en la visión más amplia de la misericordia de Dios. Todos estamos llamados a convertirnos en nuestra forma de pensar y actuar para secundar los caminos de Dios, que nunca dejarán de desbordar nuestra lógica y nuestros métodos.

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