MANUEL PÉREZ TENDERO

Seguimos leyendo, cada domingo, textos escogidos del evangelio según san Mateo. Llegamos ya por el capítulo veintiuno: Jesús ha entrado en Jerusalén y tiene un conjunto de controversias con diversos grupos del judaísmo de su tiempo, sobre todo con las clases dirigentes.
En el texto de este domingo, observamos tres partes bien diferenciadas: una parábola, propia de san Mateo –no está en ningún otro evangelio–, un dicho de Jesús que comienza con «Amén» y una reflexión sobre la misión de Juan Bautista y su rechazo por parte de las autoridades. Es muy posible que, en el origen, estos tres elementos fueran independientes y el redactor, o su comunidad, los han unido para formar un todo homogéneo e insertarlo en el contexto de las controversias.
La parábola de los dos hijos es muy sencilla y tiene raíces en la teología del judaísmo. En la parábola se nos presentan dos hijos de forma contrapuesta: el primero se niega a obedecer al padre, pero luego se arrepiente y va a trabajar; el segundo, en cambio, tiene palabras de obediencia, pero, después, no obedece de hecho, no acude a trabajar. Como en muchas parábolas, Jesús termina invitando a los oyentes a dictar su sentencia: el primer hijo, aunque quedó mal, es el que ha cumplido la voluntad del padre.
Esta parábola nos recuerda al final del discurso del Monte: «Quien escucha mis palabras y no las pone en práctica se parece a un hombre necio que edificó su casa sobre arena». Para san Mateo, como para el judaísmo, la verdadera religiosidad consiste en cumplir la voluntad de Dios de forma efectiva.
También podemos mencionar la invectiva contra los escribas del capítulo veintitrés: «Haced lo que ellos dicen, pero no lo que ellos hacen, porque no hacen lo que dicen». Otra referencia podría ser la petición central del Padrenuestro, que también es única en san Mateo: «Hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra».
El mundo está lleno de apariencias, de buenas palabras –«postureo» dirían algunos–, pero son pocos los que se esfuerzan por vivir según la voluntad de Dios. Como en tiempo de Jesús con las autoridades religiosas, san Mateo piensa en sus propios hermanos creyentes, también en los lectores actuales. Tal vez, en nuestra religiosidad, hay mucha palabra, mucha tradición religiosa, muchas actividades, muchos proyectos y programaciones; pero quizá falta el cumplimiento, la vida, la práctica cotidiana de la voluntad de Dios.
El segundo elemento del texto va dirigido más directamente a las autoridades religiosas: «Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios». ¿Cómo recibirían estas palabras los sumos sacerdotes del templo y los ancianos y escribas del Sanedrín? ¿Cómo sonaría hoy si fueran pronunciadas en el mismo contexto? Jesús de Nazaret ha venido a cambiar nuestra jerarquía, de valores y de vida; comenzó haciéndolo desde las bienaventuranzas: allí, decía que los preferidos son los necesitados y los que sufren; ahora, dice que los que van delante son los más pecadores de la sociedad. Está claro que la mirada de Dios y nuestra mirada no coinciden, sus caminos no son los nuestros.
Por fin, tenemos un tercer elemento, que introduce a Juan Bautista para explicar por qué los pecadores preceden a las autoridades religiosas en el camino del Reino: ellos se dejaron transformar por las palabras de conversión del profeta, reconocieron su pecado; vosotros, en cambio, no habéis hecho caso a Juan. Como en tantas otras ocasiones del Antiguo Testamento, el pueblo y las autoridades no acogen a los enviados de Dios, no escuchan sus palabras que invitan a la conversión y al cambio de vida.
¿No sigue sucediendo esto hoy entre nosotros, en nuestras propias parroquias y en nuestras diócesis? Si alguien se atreve a corregirnos en nombre del Evangelio, si pone en duda nuestras costumbres religiosas y nuestras seguridades, lo más probable es que sea criticado y rechazado. Parece que seguimos prefiriendo animadores religiosos más que profetas de Dios. Tal vez por eso abundan poco los profetas.