MANUEL PÉREZ TENDERO

Continuamos leyendo este domingo el discurso de Jesús en parábolas que san Mateo nos ofrece. Dedicábamos un día a la parábola del sembrador y su interpretación; la semana siguiente, nos centrábamos en la parábola de la cizaña, unida a la del grano de mostaza y la levadura. Después de estas cuatro parábolas, la liturgia de este domingo nos ofrece las cuatro parábolas restantes: el tesoro escondido y la perla, la red y el arca de la casa.
Digamos una palabra de cada una de ellas.
Las parábolas del tesoro escondido y la perla tienen la misma perspectiva: el Reino de los cielos llega a nosotros como una sorpresa, es un encuentro inesperado que, no obstante, llevábamos anhelando desde siempre. Toda nuestra vida es una búsqueda que, en muchos casos, vivimos desde la decepción. El Reino es el gran encuentro, el mayor tesoro de nuestra vida que llena de sentido todo nuestro camino y satisface todos nuestros esfuerzos.
Eso sí, ambas parábolas insisten en que, para conseguir el tesoro en el campo y la perla, se debe vender todo lo que se tiene para poder adquirirlos. Quienes no entienden las “renuncias” de muchos creyentes y consagrados deberían leer estas parábolas para comprender por qué se pueden dejar cosas atrás, se puede dejar todo, y con alegría, porque se ha descubierto un tesoro que los demás no llegan a ver. Para conseguir el Reino, es preciso dejarlo todo, pero no para quedarse en el vacío, sino por la certeza de haber encontrado el tesoro de nuestras vidas.
Cuando el Reino no es visto como tesoro, las “renuncias” nos parecen vacías y nuestra voluntad no puede afrontarlas. Podríamos preguntarnos si son muchos los creyentes que viven la fe como un tesoro; podríamos preguntarnos, cada uno, por nuestra propia actitud ante el Reino: ¿hasta qué punto es Jesús de Nazaret la perla definitiva que hemos tenido la suerte de encontrar? ¿Cuándo se realizó ese encuentro? ¿A qué hemos renunciado por ese tesoro?
El afán de poseer de nuestra sociedad, también entre los creyentes, la dificultad para la renuncia, ¿no es signo de que no hemos encontrado ningún tesoro por el que merezca la pena dejarlo todo?
Si estas dos parábolas miran más al presente, la parábola de la red nos aboca al fututo. Se parece mucho a la parábola de la cizaña: se pescan los peces buenos y los malos juntos, lo mismo que crecen juntos el trigo y la cizaña; solo al final de los tiempos serán separados: unos, para ser echados fuera, otros, para ser recogidos.
Es la perspectiva complementaria a la parábola de la cizaña; aquella iba dirigida a los justos: deben tener paciencia; en parábola de la red, en cambio, se dirige a los injustos: no estéis confiados porque vuestros pecados no sean castigados de inmediato.
El evangelista san Mateo insiste mucho en esta perspectiva escatológica. Va apareciendo en muchos textos del evangelio y aparecerá, de forma definitiva, en el discurso escatológico, antes del relato de la Pasión: las vírgenes sensatas y las necias, las ovejas y las cabras, de la misma manera que aquí aparecen el trigo y la cizaña, o los peces buenos y los malos. La separación final manifestará la justicia de Dios.
La última parábola, breve, sutil, nos habla de un dueño de casa que sabe sacar del arca cosas nuevas y antiguas. Aquí, la aplicación viene antes de la comparación: el dueño es el símbolo de un escriba judío que se convierte en discípulo del Reino. Uno de estos escribas convertidos, muy probablemente, es el responsable de la composición de este evangelio: él ha sabido poner en relación las cosas nuevas del Reino, que han llegado con Jesús, con las cosas antiguas de las Escrituras. El arca es el depósito de la revelación, del que los creyentes vamos bebiendo gracias a los maestros de la fe.
También se puede aplicar esta comparación del arca a Jesús y a la comunidad de san Mateo: el escriba es aquel que sabe aplicar las cosas antiguas, es decir, todo aquello que dijo Jesús, a la situación actual de la comunidad. El evangelio sería, precisamente, este esfuerzo por mostrar lo antiguo y lo nuevo en todo su esplendor, para que vaya configurando la vida de los discípulos.
Hoy también necesitamos escribas convertidos que nos ayuden a sacar del arca de casa, de la Iglesia, ese tesoro que se despliega para ayudarnos a vivir de una forma nueva.