VENID A MÍ

MANUEL PÉREZ TENDERO

El capítulo once del evangelio según san Mateo cierra una primera parte del ministerio de Jesús y, por ello, se nos ofrece un balance de esa etapa. Dicho balance es más bien negativo: aunque Jesús es reconocido por Juan Bautista como el Mesías enviado a Israel, acreditado por sus obras y palabras, el pueblo no ha creído; la generación de Jesús es rebelde y las ciudades que ha visitado no se han abierto a su mensaje.

Pero el balance no finaliza aquí: los últimos versículos del capítulo tienen una perspectiva completamente positiva. Es el texto que leeremos este domingo en la liturgia.

Se trata de un texto muy conocido, cercano a la teología de san Juan por la importancia de las relaciones entre el Padre y el Hijo.

El texto se puede dividir en tres dichos de Jesús: una oración de acción de gracias, una reflexión y una invitación.

ACCIÓN DE GRACIAS

«Yo te bendigo, Padre…».

La oración es, tal vez, la clave de todo el texto. En dos versículos vemos cómo Jesús se dirige al Padre. Se trata de una oración de reconocimiento, de acción de gracias. Llama la atención esta perspectiva, pues estamos en un contexto negativo, de rechazo al Evangelio, de aparente fracaso por parte de Jesús.

Esta es ya una clave que nuestro Maestro nos ofrece, y que es especialmente pertinente cuando celebramos la eucaristía-acción de gracias: en medio de las dificultades de la vida y de la misión, el Hijo de Dios no deja de dar gracias, porque sabe que todo está en manos de Dios y confía en él bajo toda circunstancia. Dar gracias implica un estilo de afrontar la vida y sus retos: a pesar de todo, la bondad es siempre mayor y triunfará, porque todo está conducido por Dios.

El objeto de la acción de gracias es también llamativo y nos recuerda las Bienaventuranzas: debajo del rechazo de su generación, Jesús ve la voluntad de Dios, que no es tanto la de ocultar las cosas, sino revelarlas a la gente sencilla. Jesús es testigo de cómo Dios pone el mundo del revés con la llegada del Reino. Debajo de muchos aparentes fracasos aprendemos a mirar más allá: Dios está abriendo puertas donde nosotros no sospechábamos.

Nuestra voluntad no siempre coincide con la de Dios, nuestros objetivos y nuestros destinatarios no son siempre los suyos: por eso vivimos frustrados a menudo. El ministerio de Jesús ha sido un éxito porque cumple los planes de Dios, porque el Reino empieza a crecer entre los sencillos.

EL PADRE Y EL HIJO

«Mi Padre me ha entregado todo…».

La segunda parte de nuestro texto es una reflexión de Jesús que profundiza en esa perspectiva del plan de Dios. Ahora, la clave de la revelación no está en los sencillos y en la voluntad de Dios, sino en la voluntad de Jesús: solo aquellos a quienes Jesús quiere se les abre el conocimiento de Dios. La clave de la predicación y sus frutos radica en la persona de Jesús, porque solo él es el Hijo que conoce al Padre y, por ello, solo él nos puede revelar la intimidad de Dios. Esta es la misión de Jesús y en esto consiste la historia de la salvación: el Hijo eterno nos regala el conocimiento del Padre y, con ello, nos da la vida eterna, nos hace partícipes del amor interno de Dios.

Por dos veces hemos escuchado que el conocimiento de Dios se da por revelación: es una gracia que solo él nos puede conceder. Como es revelación, los más inteligentes y esforzados lo tienen más difícil, porque no siempre comprenden la dinámica de lo gratuito.

LLAMADA

«Venid a mí…».

La tercera parte del texto es una invitación. Si en la primera frase Jesús se dirigía al Padre, ahora se dirige a los discípulos, a todos aquellos que le quieran escuchar.

Como la clave de todo es Jesús, él nos llama para que nos acerquemos a él, como hacía la Sabiduría en los textos del Antiguo Testamento. La vida tiene sus cargas, la ley de Dios es también una carga que exige esfuerzo; pero esa carga se hace ligera cuando estamos al lado de Jesús, el Hijo, el Buen Pastor. La carga se hace llevadera cuando vivimos los caminos de la humildad.

¿No es este uno de los dramas de nuestro tiempo? ¿No estamos agobiados y sobrecargados porque no estamos con Cristo y porque no somos lo suficientemente humildes y pequeños?

Escuchamos la oración de Jesús, nos dejamos interpelar por su llamada: con él, manso y humilde de corazón, aprendemos a afrontar la vida y la fe de una manera nueva.

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