MANUEL PÉREZ TENDERO

Permitidme que, en la reflexión de este domingo, os invite a no comprender.
En el evangelio que la liturgia nos propone, escucharemos el final del discurso apostólico en san Mateo. El texto tiene dos partes bien definidas: la segunda parte es más o menos sencilla y cuadra bien con el contexto del envío: el que recibe a los apóstoles, recibe a Jesús y, a su vez, quien recibe a Jesús, recibe a Dios, que lo envió; estamos muy cerca de la perspectiva de san Juan: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». También es fácil de comprender lo que sigue: el que os dé a beber, aunque sea solo un vaso de agua porque vais enviados por mí, porque sois discípulos, no perderá la recompensa.
Más difícil de comprender es la primera parte del texto: Jesús nos pide que le amemos a él más que a los padres y a los hijos, nos pide que carguemos con la cruz y lo sigamos, nos pide que entreguemos la vida para poder encontrarla. Además de sonar demasiado exigentes, estos dichos de Jesús no parecen encuadrarse bien en un texto de envío. Me gustaría fijarme, especialmente, en la frase bien conocida de «tomar la cruz y seguir a Jesús».
Desde el punto de vista espiritual, parece bastante fácil de comprender esta exigencia de Jesús, y ha sido utilizada de forma amplia en toda la historia de la espiritualidad cristiana; pero, ¿cuál es su sentido literal?
Situémonos dos años antes de la muerte de Jesús, durante su vida pública en Galilea: ¿qué podrían entender sus discípulos al hablarles Jesús de «tomar la cruz»? Seguramente, todos conocían el suplicio de la cruz, y conocían también la costumbre romana de que el crucificando, el que iba a ser crucificado, llevar la cruz hasta el lugar del suplicio; pero, ¿cómo pone Jesús este ejemplo a sus discípulos?
Nosotros, sin plantearnos más cuestiones, interpretamos esta expresión desde nuestra imaginería cristiana y desde toda la tradición posterior de la «espiritualidad de la cruz»; pero, ¿cómo lo entendieron sus discípulos, que aún no participaban de esa espiritualidad? ¿Sabía Jesús que iba a ser crucificado, lo sabían sus discípulos?
Podemos intentar solucionar el problema diciendo que esta expresión no es de Jesús, sino del cristianismo primitivo, después de la experiencia de la cruz de Jesús. Pero tampoco esto parece fácil de comprender: a los discípulos no se les pide llevar la cruz de Jesús, como al Cireneo, sino la suya propia. Por otro lado, los evangelios, a excepción de san Juan, no nos dicen que Jesús llevara su cruz hacia el Calvario, no parecen tener una «espiritualidad de portar la cruz» aplicada a Jesús.
Creo que, ante este texto, es más fácil su sentido espiritual que su significado literal. Al estudiar y rezar con estas palabras de Jesús, comprendo menos su significado que si las leo de forma superficial. Nos conformamos con interpretar el «llevar la cruz» como una forma de aceptar los sufrimientos de la vida; pero, ¿es eso lo que entendieron los discípulos en la vida pública? ¿Es eso lo que Jesús pretendió decir?
Tal vez, hay algo que se nos escapa, como en otros muchos textos, del Jesús histórico y de la perspectiva de sus primeros seguidores. Y ello no significa que comprendamos menos la Biblia, quizá, al contrario: saber que hay algo más de lo que yo creo comprender en una lectura rutinaria del texto. En el fondo, se trata del misterio de Jesús de Nazaret, a quien tantas veces creemos conocer, pero que siempre se nos escapa de las manos, de la mente y del corazón. Cuando una palabra del Maestro nos deja perplejos, cuando nos interroga, cuando descoloca nuestra propia religiosidad, quizá es entonces cuando empezamos a comprender. Por eso, la clave está en «seguir a Jesús», no en saber lo que tenemos que hacer nosotros sin Jesús. No podemos reducir el cristianismo a un cumplimiento de mandamientos de Jesús: el cumplimiento está relacionado con el seguimiento, con la vinculación a su persona.
Cada vez que rezamos con los textos de la Palabra, ¡cuánto nos gustaría esta allí presentes y escuchar con frescura lo que Jesús dice! ¡Cuánto nos gustaría que él nos explicara, despacio, el secreto de sus palabras y de su persona! Aquí seguimos, domingo tras domingo, pendientes de su misterio.
…es exigencia del discipulado para seguir a Jesús pobre y humilde con una obediencia que invita a la conversión para confesar nuestro amor a Dios…tu cruz libera mis ataduras…gracias Señor.
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«Tomar la cruz» no somos perfectos por eso nos pide también que lo amemos más y por encima de nuestros padres o hijos…ellos por mucho que los amemos no son perfectos como El, nuestro Dios, nuestro Señor, por eso gay que ponerlo por encima de todo y hacerlo el centro de nuestra vida…imitarlo desde nuestra pequeñez, ponerlo en lo más alto de la pirámide de nuestros anhelos y necesidades y cada día transformarnos con Él desde la humildad, así será más fácil llevar nuestra Cruz, que no es sólo la enfermedad, o una etapa baja…sino el día a día con nuestros semejantes, nuestros seres queridos y personas favoritas, incluso con nuestros «enemigos» a los cuales también debemos amar. Poner como modelo a Jesús, adorarlo, el si es perfecto y nuestro camino hacia la santidad por estrecho que sea siempre será acompañada, alentado, instruido y dirigido. Eso entiendo yo y no es que sepa demasiado. Gracias D. Manuel.
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